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La dolorosa asimetría entre Brasil y la Argentina

21 abril 2011

Ricardo Alfonsín Para LA NACION

EN los años 80, Brasil y la Argentina, en plena transición democrática, lograron plasmar una nueva agenda para América del Sur en los acuerdos suscriptos por los presidentes Sarney y Alfonsín. Luego de años de peligrosa y estéril confrontación geopolítica, se inauguró un ciclo donde la geoeconomía constituyó el cimiento de la cooperación económica y política. Después de padecer largas dictaduras, que percibían al mundo y a los vecinos como un peligro, resultó posible compartir visiones y soñar con una plataforma común de despegue y de inserción en el mundo. En aquel momento ambos gobiernos llegaron acertadamente a una conclusión: la Guerra Fría se agotaba y la economía internacional estaba transformándose. Por esa razón, el proyecto de integración fue concebido estratégicamente, poniendo recursos en común para aprovechar las oportunidades externas, en orden a consolidar la democracia y el desarrollo en ambos países.

Al poco tiempo, ese proyecto concebido en 1986 se transformó, en 1991, en el Tratado de Asunción, la piedra angular del actual Mercosur. A veinte años de la firma de ese tratado, y cuando los argentinos nos disponemos a debatir ideas y proyectos en orden a elegir un nuevo gobierno, resulta necesario reflexionar acerca de la principal dimensión de nuestra política exterior: la relación de la Argentina con Brasil.

La mención de algunas cifras resulta imprescindible. En 1986, el PBI brasileño, medido en dólares, era casi tres veces más alto que el de la Argentina; en 2010, es cinco veces y media superior al nuestro; en cuanto al PBI por habitante, en 1986, el argentino superaba al de Brasil, mientras que hoy el PBI por habitante brasileño supera en un 20% al argentino.

Múltiples razones pueden explicar esta asimetría, pero al menos dos resultan relevantes. En primer lugar, en Brasil ha habido políticas de Estado apoyadas en consensos mínimos; en segundo lugar, la lectura que la clase política brasileña hizo del mundo privilegió los intereses permanentes de la nación, más allá de la ideología de los gobernantes.

Brasil atravesó los años 90 sin adherir al discurso de la globalización. Sus políticos y sus empresarios aceptaron la existencia de un mundo interdependiente y comunicado, pero armaron su propia agenda para adaptarse a una realidad caracterizada por las tecnologías que dieron forma a un nuevo ciclo del sistema capitalista. Nunca creyeron en las virtudes del alineamiento automático ni en las supuestas ventajas de una adhesión ciega a premisas concebidas en función de otros intereses.

Esto explica por qué Brasil construyó un nuevo aparato productivo, mientras aquí, con soberbia, se lo destruyó sin reemplazarlo. En Brasil muchas cosas no se hicieron bien y hay tareas pendientes, pero nadie puede dudar de que se fortaleció el federalismo, que la pobreza bajó y que las empresas brasileñas han salido al mundo. A veces me pregunto qué hubiera sido de nuestro petróleo, si Petrobrás y la vieja YPF hubieran formado una empresa conjunta para explorar nuestro mar. ¿Cómo hubiera sido un Mercosur dotado de empresas globales, capaces de competir en mercados tan diversos como el de la industria aeronáutica, la carne y las finanzas? ¿Qué hubiera sucedido si ambos países hubieran diseñado políticas comunes en Asia y Africa? Brasil, individualmente, ha hecho realidad muchos de esos sueños.

Brasil definió su política exterior sobre la base de sus intereses y hoy recoge los frutos. Obviamente, cometió errores, pero se equivocan los que hacen, no los que sólo critican. En Brasil existen diferencias ideológicas entre sus principales fuerzas políticas, pero el debate es tolerante y las diferencias son gestionadas sobre la base de los intereses del país. Nuestro vecino sabe que en política internacional la identidad es una trayectoria y que una buena política es aquella que define los intereses de corto plazo en función de una visión de largo plazo.

Las asimetrías que favorecen a Brasil y la inteligencia de sus alianzas, explican por qué nuestro vecino juega en “las grandes ligas”, participando activamente en el emprendimiento diplomático que aglutina a los países emergentes, el espacio de los Brics ( Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Mientras tanto, la Argentina construyó alianzas equivocadas -con Venezuela, por ejemplo- que nos impiden optimizar nuestro patrón de inserción internacional. Trabajar para reducir las asimetrías y diseñar nuevas alianzas es una empresa posible y pendiente que permitirá reequilibrar la relación entre la Argentina y Brasil.

© La Nacion

El autor es diputado nacional y precandidato a presidente por la UCR

Foto fabioff

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